Al analizar dónde invertir en los mercados financieros, suele haber una «gran historia» que lo explica todo: durante años fue la globalización, después el dinero barato y ahora la inteligencia artificial (IA). Pero debajo de esa narrativa optimista se están acumulando tensiones que apuntan a un cambio de ciclo entre 2026 y 2028.
Más que preguntarse si habrá o no una gran crisis, tiene sentido entender qué fuerzas están en juego: deuda acumulada durante años de tipos bajos, el giro brusco de la política monetaria y un boom de inversión en IA que puede ser tanto motor de crecimiento como posible foco de exceso.
Para entender el presente hay que volver a 2020. La respuesta de gobiernos y bancos centrales a la pandemia fue histórica: tipos cercanos a cero, compras masivas de activos y estímulos fiscales a gran escala. Eso evitó un colapso económico, pero dejó un legado claro: un volumen de deuda privada y pública sin precedentes.
Muchas empresas aprovecharon ese entorno para apalancarse a costes muy bajos, refinanciar vencimientos y lanzar proyectos que, con tipos más altos, quizá no habrían salido adelante. El problema no era la deuda en sí, sino la idea implícita de que el dinero barato duraría «para siempre».
Entre 2022 y 2023, la inflación obligó a los bancos centrales a pisar el freno. La Reserva Federal y otros bancos ejecutaron una de las subidas de tipos más rápidas desde los años 80, encareciendo drásticamente el coste de financiación.
La deuda siguió siendo la misma, pero su servicio se hizo mucho más caro. Este impacto no aparece de un día para otro, porque la mayoría de préstamos y bonos no vencen al mismo tiempo: se refinancian cada varios años. Eso genera una sensación de falsa calma mientras el nuevo entorno de tipos se «filtra» poco a poco por el sistema.
Aquí entra un concepto clave para entender el periodo 2026‑2028: el retraso del ciclo.
Históricamente, las grandes subidas de tipos suelen tardar entre 2 y 5 años en mostrar todo su impacto en la economía real y en los mercados de crédito. La razón es sencilla: muchas empresas renuevan su deuda en ventanas de 3‑7 años, no cada trimestre.
Eso significa que buena parte de la deuda emitida en el periodo de tipos ultrabajos tendrá que refinanciarse entre 2026 y 2028, pero ahora con tipos mucho más altos. En algunos casos, el coste financiero podría multiplicarse por dos o por tres respecto a la era del dinero barato, tensionando márgenes y modelos de negocio que solo eran viables con financiación muy barata.
No todas las compañías están igual de expuestas, pero es en ese «muro de refinanciación» donde muchos analistas centran sus modelos de riesgo para los próximos años.
Los datos de hoy no describen un colapso, pero sí una fase temprana de deterioro. El desempleo en Estados Unidos se mantiene relativamente bajo, aunque empieza a repuntar desde niveles mínimos. Los diferenciales de crédito (spreads) siguen contenidos, señal de que todavía no hay pánico generalizado.
Sin embargo, en segmentos como el crédito privado y parte del high yield, los impagos y las reestructuraciones van al alza. Algunas empresas recurren a fórmulas como pagar intereses con más deuda (PIK) y ciertos vehículos menos líquidos han limitado reembolsos, algo típico de fases de estrés incipiente.
La foto, por tanto, no es la de 2008, pero tampoco la de un sistema sin tensiones. Es más coherente con un escenario de «cansancio» del ciclo de crédito que con una crisis ya desatada.
En paralelo a este entorno de deuda más cara, vivimos un boom de inversión en inteligencia artificial. Las grandes tecnológicas destinan miles de millones a centros de datos, chips, software y talento, y muchos sectores tradicionales exploran cómo incorporar la IA a sus procesos.
Este fenómeno tiene dos caras:
En ese sentido, la IA podría ser tanto el pilar de un nuevo ciclo económico como el foco de un posible exceso que, si no genera los beneficios esperados a tiempo, obligue a recortes y saneamientos.
Sobre el papel, una relajación de la política monetaria podría aliviar parte de la presión sobre empresas endeudadas. Si la inflación sigue moderándose, los bancos centrales tendrán más margen para recortar tipos y suavizar el «muro de refinanciación».
Pero la experiencia histórica recuerda un matiz incómodo: los mercados no reaccionan igual a todas las bajadas de tipos.
En varios episodios históricos, las bolsas han caído después del primer recorte, no antes, porque ese movimiento ha sido interpretado como señal de problemas, no de tranquilidad.
La evolución de los conflictos geopolíticos y de los precios de la energía añade otra capa al análisis. Un escenario de menor tensión geopolítica y energía más barata ayudaría a contener la inflación y facilitar una política monetaria menos restrictiva.
Eso podría actuar como amortiguador del ciclo de crédito, dando más tiempo para absorber el muro de refinanciación sin un shock brusco. Pero incluso en ese caso, los desequilibrios de deuda no desaparecen: solo se gestionan de forma más gradual.
Con la información disponible, el escenario base no es una crisis sistémica parecida a la de 2008. El sistema bancario está, en general, mejor capitalizado y la regulación de intermediarios financieros es más exigente. Además, parte del riesgo se ha desplazado fuera de la banca tradicional, hacia otros vehículos.
Eso no significa que el ciclo vaya a ser indoloro. Un escenario razonable para 2026‑2028 es el de un ajuste gradual: más defaults en segmentos endeudados, presión sobre empresas con modelos frágiles y mercados más volátiles, con fases alternas de miedo y recuperación.
Más que un desplome súbito, muchos analistas describen este escenario como un «slow bleed»: un sangrado lento del exceso acumulado, donde la selección de activos y la gestión del riesgo pesan más que nunca.
Sin convertir este análisis en recomendaciones concretas, hay varias ideas útiles para quien está formándose:
Los mercados rara vez caen cuando «todo el mundo» espera que caigan, sino cuando el equilibrio entre confianza y riesgo se rompe de forma inesperada. Entender cómo interactúan deuda, tipos de interés, IA y geopolítica en este nuevo ciclo es, para el inversor particular, una forma de llegar menos sorprendido a los próximos años.
El muro de refinanciación hace referencia a la acumulación masiva de vencimientos de bonos y préstamos de empresas que caducan en un periodo muy corto (como 2026-2028). El peligro radica en que estas empresas emitieron deuda cuando los tipos estaban al 0%, y al refinanciarla deberán pagar tasas mucho más altas, ahogando sus beneficios.
Son compañías altamente endeudadas cuyos beneficios operativos (EBITDA) apenas son suficientes para pagar los intereses de su deuda, sin llegar a reducir el capital principal. Estas empresas sobreviven en entornos de dinero barato, pero son las primeras en quebrar cuando los bancos centrales suben los tipos de interés.
Existen paralelismos con la burbuja de las «puntocom» del año 2000. Aunque la IA es una tecnología real y transformadora, las elevadas valoraciones bursátiles de las empresas tecnológicas exigen que los retornos de inversión y las mejoras de productividad se materialicen de forma inmediata; de lo contrario, el mercado podría sufrir una severa corrección.
La estrategia principal consiste en reducir la exposición a empresas con alto apalancamiento financiero y negocios que no generan caja a corto plazo. A su vez, se debe diversificar el capital hacia renta fija (que ahora ofrece cupones atractivos) y empresas de alta calidad (Quality) con capacidad para fijar precios (pricing power) en escenarios de inflación.